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martes, 7 de mayo de 2019

Poyales: El caso de la Rubia Platino (IV)


— Si es que les cogen y no les hacen nada —comentaba un cliente.

— Entran por una puerta y salen por otra —recalcó otro.

— Si es que no hay justicia —comentó el camarero.

— Y no se te ocurra enfrentarte a los ladrones porque entonces si que aparece la justicia pero contra ti que te has defendido de los delincuentes —habló de nuevo el primero.

— Campan a sus anchas. Así nos va —intervino otro en la conversación.

— Con Franco no ocurrían estas cosas — dejó caer un cliente en la esquina de la barra.

Poyales pago su café y salió dejando a los clientes matinales. Que gente, con el dictador ocurrían estas cosas y otras mucho peores para la salud de la gente, la diferencia es que nadie se atrevía a contarlo, por qué las consecuencias de hacerlo podían ser funestas. Jodida educación, ¡qué mal nos han contado la Historia! A sabiendas de que nos engañaban, de que no nos enseñaban toda la verdad. Sólo la verdad que a unos pocos les interesaba. Jodido país que con cuarenta años de democracia todavía, en los colegios, siguen enseñando mal la historia del siglo pasado en España.
                                          Foto del archivo de imágenes de la ACDT El Piélago

Con estas cavilaciones el detective llegó al bar de la plazoleta de la Iglesia. Remoloneó un poco observando la plaza y finalmente entró y pidió otro café. No tardó mucho en aparecer el marido de su cliente. Como la víspera ya tenía el café y una tostada sobre la barra cuando se acercó a ella. El camarero veía aparecer el coche e inmediatamente preparaba la consumición.

— Buenos días  —saludó—, parece que esta noche los cacos se han cebado en el barrio.

— Si cuando les cogen les dieran una buena paliza, que estuvieran que estar tres o cuatro meses en el hospital con los huesos rotos, se les quitarían las ganas de robar —dijo el camarero.

— Si hombre —contestó el marido—, ocupando una cama que pudiera necesitar cualquiera de nosotros y dándoles de comer gratis.

— Claro —replicó el camarero—, tú como vives en un barrio con vigilancia y con una puerta blindada.

Poyales tuvo que reprimir una carcajada al oír al camarero. En las dos horas que estuvo sentado en el parque, junto al viejo el día anterior, y la larga hora de la madrugada no había visto nada que tuviera que ver con vigilancia. En cuanto a la puerta, si él que no era experto y llevaba cuatro años sin practicar, tardó poco más de un minuto en abrir, para un ladrón sería como entrar en su propia casa.

— Quizá —intervino el detective—, habría que perseguir con más saña a los que compran los objetos robados. Quitarles todo lo comprado y ponerles una buena multa que les deje la cuenta tambaleando. En esto todos deberíamos contribuir y cuando nos ofrezcan una ganga en vez de comprarla y presumir de lo comprado, deberíamos pensar qué hay detrás de esa ganga, porque nadie da duros a pesetas. Los ladrones, por regla general,  no se quedan con lo robado, lo venden. Si no tuvieran a quien llevarle la mercancía robada… disminuirían mucho los atracos.

El marido, con la boca llena, levanto el dedo índice en señal de aprobación.

El camarero contestó:

— Puede que  tenga usted razón, pero algo hay que hacer. Así no podemos seguir. La justicia debe impartirse con más saña con toda esa gentuza.

El marido acabó su desayuno, pagó y salió del bar. Montó en su Audi y desapareció. El detective también pagó su consumición y se marchó. Llevaría unos veinte minutos paseando por las calles del barrio cuando el móvil vibró y emitió un sonido muy estridente. Lo sacó del bolsillo y lo miró: comprobó que una de las cámaras conectadas al móvil al detectar movimiento había comenzado a grabar en tiempo real. Lo guardó en la faltriquera y aligeró el paso, quería llegar lo antes posible al aparcamiento y, en el coche, ver la grabación. No quería llamar la atención por la calle, él no era como los jóvenes de ahora,  que están más pendientes del móvil que de donde pisan. Tardó quince minutos en llagar al coche. No le preocupaba el tiempo ya que el móvil guardaría lo grabado hasta que él decidiera borrarlo, aun así tenía prisa y curiosidad, no exenta de morbo, por verlo.  Se sentó en el coche y encendió el móvil. Lo que vio le dejo perplejo:

¡Coño quién engaña a quién!
 
Continuará...

 

martes, 30 de abril de 2019

Poyales: el caso de la Rubia Platino (III)


En esa postura un tanto ridícula apareció Eloísa, la rubia platino. Llevaba una falda negra que la llegaba un palmo por encima de las rodillas y un suéter color vino, ajustado como si fuera una segunda piel. Estaba  recién duchada y estaba tan imponente como el día anterior. Parecía sorprendida ante la presencia del detective.

Poyales bajó la mano, carraspeo un poco como para aclararse la garganta y para ganar algo de tiempo:

—No esperaba encontrarla. Me dijo que salía por las maña…

—He pedido permiso para resolver unos asuntos personales. No he podido hacer una copia de la llave. Además no sabía que los detectives como usted tuviera que entrar en mi casa —contestó Eloísa.—. Deme un par de días para hacerle la llave. Yo le aviso cuando la tenga y se la deje ahí —terminó diciendo mientras apuntaba donde instantes antes buscara el detective.

 A diferencia del día anterior, y de la sorpresa inicial, ahora hablaba con mucho aplomo. Algo que no paso desapercibido para el detective que respondió:

—Como usted quiera. Que pase un buen día.

Dio media vuelta y se alejó. Antes de llegar a la puerta del jardín escuchó cómo se cerraba la puerta de la casa. Caminó pensativo hasta el aparcamiento donde dejó su  viejo Seat Toledo del que había perdido la cuenta de la última Itv pasada y  que seguía  siendo de  su propiedad porque tenía que indemnizar a los del desguace por llevárselo. Solía arrancarlo y moverlo unos metros un par de veces por semana, en función del combustible que no siempre tenía. Las pocas veces que lo utilizaba para trasladarse lo hacía con más pena que gloria, formando colas a veces largas, pero finalmente, y con  tiempo, llegaba al lugar previsto. Miró su reloj, faltaban unos minutos para las dos de la tarde. Fue directamente a la tienda del detective para ver y que le informaran de lo último en micrófonos, cámaras,…

—Los micrófonos están en desuso —le explicó el dependiente—. Apenas si tenemos un par de ellos. Ahora se llevan las cámaras que aunque son diminutas captan la imagen y el sonido con mucha calidad. Además las hay que con una aplicación en el móvil, envían la imagen en tiempo real al teléfono a través internet o el wifi.

—Eso es genial —contestó Poyales que sacando su móvil del bolsillo, lo puso sobre el mostrador—. Ponme esa aplicación y me das un par de cámaras.

El dependiente se quedó perplejo mirando al móvil. Tardó unos segundos en decir:

—Este móvil es muy antiguo y no sirve, tiene que  ser un Smartphone.

—Y con este ¿no puedo hacer nada?

—No. Debe usted modernizarse. Su profesión exige que está a la última.

Poyales salió de la tienda pensativo. La casualidad o el destino puso un par de tiendas más abajo  una de telefonía y sin dudarlo entró. A los veinte minutos estaba de vuelta en la tienda del detective con un Smartphone de última gama  en el bolsillo, que pagaría en cómodos plazos con la factura del teléfono. Si algún día no podía pagar… para que adelantar acontecimientos.
                      Imagen del Archivo de la ACDT El Piélago

El joven dependiente se entusiasmó con el móvil:

—Con este las grabaciones serán de mucha calidad, más que un espectador le parecerá que está usted dentro de la escena. Usted las enciende y ellas solas se activan cuando detectan movimiento enviando una señal al movil.

Hizo varias demostraciones de cómo funcionaba todo y con el móvil preparado y dos cámaras diminutas salió de la tienda. Pasó por el supermercado, compró comida medio preparada para terminar de hacer en la sartén. Llegó a casa  se duchó, comió, merendó y cenó todo a la vez y se acostó. Durmió poco y mal. Algo no encajaba, no comprendía que su cliente le preguntara si tardaría mucho con la investigación, dándole a entender que tenía prisa y no tuviera cinco minutos para hacer una copia de la llave. Algún hilo andaba suelto y no era capaz de dar con él y enhebrarlo.

Al día siguiente mucho antes de que amaneciera estaba en el coche aparcado en una bifurcación de la calle desde donde observaba la puerta de su cliente. No se ve veía un alma.  La madrugada era fría y lluviosa, con un molesto chiriviri . El suave murmullo de la lluvia al caer sobre el Seat era el único sonido que a Poyales le acompañaba esa mañana. El que era muy aficionado a la radio esa mañana no podía ser. No podía limpiar el cristal con el limpia parabrisas, tuvo que acostumbrar sus ojos a ver a través del cristal  con las gotas de lluvia que se deslizaban suavemente haciendo extrañas piruetas. Comenzaba a despuntar el alba y a distinguirse el perfil de los edificios cuando se encendieron las luces en la casa de su cliente. Una media hora más tarde, ya se veía bien en la calle, se apagaron las luces y al instante el matrimonio, la cliente y su marido, salían por la puerta. Apenas si se rozaron al darse un leve y rápido beso y cada unos montó en un coche, él en el Audi blanco y ella en un pequeño Toyota rojo, y se marcharon.

Diez minutos más tarde Poyales estaba admirando la casa de su cliente en un vistazo rápido. No le costó nada entrar. Le extraño que la cerradura de la casa no fuese un poco mejor. Con las cerraduras anti-bumping y anti-ganzúa que existían en el marcado, que  una casa como aquella tuviera una cerradura que con una simple ganzúa se abriera, dejaba mucho que desear, mucho coche y nada de seguridad donde habitas y pasas la noche. Puso las dos micro cámaras, una en el comedor y otra en el dormitorio. Comprobó que la imagen que captaban se reflejaba en su nuevo móvil y salió de la casa no sin antes echar un vistazo a la nevera. Estaba bien provista. Cogió un tetrabrik de leche y echó un buen trago. Al salir se pegó a la pared para evitar ser visto. Unos minutos después estaba sentado en el viejo Seat Toledo. Miró su reloj ¡Coño-pensó- no se me ha dado nada mal: en veinte minutos he puesto las dos cámaras. Arrancó y se dirigió al aparcamiento donde el día anterior dejó estacionado el vehículo. Tenia que hacer tiempo. Tomo café en el bar de la plaza. Estuvo atento a las conversaciones de los clientes matinales: esa noche, al parecer, se habían perpetrado varios robos en el barrio.
Continuará...

miércoles, 10 de abril de 2019

Poyales: El caso de la Rubia Platino (II)


Al día siguiente el detective estaba a primera hora de la mañana en el barrio de su primera cliente. Había amanecido despejado y parecía que el sol, recién estrenada la primavera,  algo calentaría. El día anterior cuando se fue la rubia platino, cogió el dinero de la mesa, dejó la mitad en un cajón y el resto lo guardo en su cartera. ¡Era el primer sueldo que cobraba en casi cuatro años! Cuarenta y cuatro largos meses, en particular los larguísimos ocho últimos.

Salió de compras. Aprovechó algo la nevera tan deshabitada últimamente. Hizo la comida, arroz con pollo que le supo a gloria. Después de comer se puso al día con ayuda de san Google en un ciber café. Construyó un plano del  barrio, las calles, las tiendas, bares, entidades financieras, donde tendría que trabajar al día siguiente. Después volvió a casa se puso un viejo chándal y unas playeras más viejas aun y salió a correr un poco por el parque. Cenó lo habitual desde hacía meses: una manzana, un vaso de leche y un par de galletas. Estuvo leyendo un buen rato y se acostó temprano, para estar fresco y despejado al día siguiente.

Aparcó el coche en un aparcamiento cercano.  Cogió un diario que llevaba en el asiento del copiloto y con él  en las manos, caminando, recorrió todo el barrio, situado en las afueras de Toledo, construido en los años del boom inmobiliario. La casa de su cliente era un chalet adosado. Volvió por otra calle hacia el aparcamiento que estaba detrás de una plaza en la que se ubicaba un edificio del consistorio toledano. Tomó café en un bar. Se sentó al lado de una ventana desde la que se divisaba toda la plaza y abrió el periódico más atento a lo que se hablaba a su alrededor y a lo que ocurría en la plaza que al diario. A los veinte minutos pagó su café y salió a pasear otro rato para familiarizarse con el barrio, ya que eso no pudo hacerlo a través de la pantalla. Por muy bien que lo explicara el señor Google una mirada personal era mucho mejor. Pasó por la puerta de la entidad financiera donde supuestamente trabajaba la persona que tenía que vigilar. Dando unos pasos más desembocó en otra plazoleta donde había un bar, una tienda y la Iglesia del barrio.

                                      Imagen del archivo fotográfico de la ACDT El Piélago 

Entró en el bar y pidió un café, ahora descafeinado. ¡Coño! Había tomado un par de sorbos cuando entró el marido  de su cliente. Se puso en tensión atento a todo lo que pudiera escuchar. Oyó que el camarero preguntaba al recién llegado y por la forma de dirigirse a él debía ser u cliente habitual:

— ¿Qué tal va la mañana?

—Tranquila —respondió el recién llegado— Es raro que aquí pase algo fuera de lo normal.

— ¿Ya sales? —volvió a preguntar el de la barra.

—Sí. Tengo que atender unos asuntos personales. Durante un par de horas la oficina estará bien atendida.

—Que suerte tienes. A saber que asuntos te traes entre mano —dijo un tanto irónico el camarero.

Poyales pagó su café y salió la puerta donde encendió un cigarrillo con mucho cuidado para que el humo no le jugara una mala pasada. Nunca había fumado. Era algo a lo que recurría cuando, como ahora, necesitaba estar en la puerta del bar con un  motivo aparente y el fumar lo era.

A los cinco minutos salió el “marido” se subió en un Audi blanco A4 y se fue. El detective anotó mentalmente la matricula y cuando se retiró un poco del bar lo apuntó en su libreta azul recién estrenada. Siguió paseando  y dando un rodeo, el señor Google maps era genial, se acercó a la calle de la cliente y pasó por delante de la puerta. Aparcado estaba el Audi del marido. Miró disimuladamente hacia las ventanas pero desde allí no puedo apreciar nada. Un poco retirado a unos cincuenta metros había un pequeño parque. A esas horas estaba solitario excepto un hombre mayor que estaba sentado en un banco, el único que simple vista había. Tenía apoyada la cara sobre las manos y estas sobre su bastón. Llevaba una boina calada hasta los ojos y barba cana y rala de varios días sin afeitarse. En esa posición parecía otear todo lo que pasara frente a él.

—Buenos días abuelo —saludó Poyales sentándose en el banco.  Esperaría pacientemente. Si como le dijera al camarero, tenía que estar de regreso en la oficia en dos horas, no sería muy larga la espera. En el banco no se estaba mal: daba el sol y no hacia frio. 

—No soy su abuelo —contestó el viejo sin prisas y con un soplo de voz.

—Perdone usted. No quise ofenderle. Era una forma de hablar —replicó Poyales un tanto sorprendido. Desde donde estaba no veía directamente la puerta de la casa, aunque podría decir que cualquiera que entrara o saliera de ella tendría que pasar ante su vista. Y sobre todo no perdía ojo del coche—.  ¿Viene aquí todas las mañanas?

— ¡Ps! Depende del tiempo —contestó con desgana y sin prisas el viejo.

—Parece un parque solitario —insistió el antiguo inspector.

—Al que no suelen venir forasteros —replicó un tanto irónico el viejo.

Llevaría una hora sentado junto al viejo cuando vio pasar una mujer morena y menuda. Sin apreciarlo muy bien por la distancia, parecía todo lo contrario a su cliente. Parecía salir de la casa, aunque no se veía la puerta Poyales lo intuyó. A los diez minutos por el mismo lugar pasó el supuesto infiel. Montó en su coche y se marchó. El detective miró su reloj, eran las doce  y cuarenta y cinco minutos de la mañana. Habían pasado exactamente dos horas y quince minutos desde que el sospechoso saliera del bar.

—Ahí se debe armar cada orgia de la leche —comentó el viejo cuando el coche del vigilado arrancaba.

— ¿Cómo dice? —preguntó el detective sorprendido.

El abuelo ni se inmutó. Durante todo el tiempo había mantenido la postura: apoyaba la barbilla en las y estas sobre el bastón, un poco inclinado hacia delante.

— Que se lo deben pasar bien. En mis tiempos estas cosas eran un disparate —remachó con parsimonia.

— ¿Qué quiere decir? —insistí.

En esos momentos apareció una chica joven que se acercó dando los buenos días y con palabras cariñosas ayudó a levantarse al viejo y renqueando se lo llevó.

El detective estuvo sentado solo otros veinte minutos y después se acercó a la casa de su cliente. Con cuidado entró en el jardín y se dirigió a la puerta de la casa. Una puerta blanca, en apariencia de buena calidad, con cerraduras doradas y un pomo muy brillante del mismo color. Llamó aunque no esperaba que abriera nadie. Espero unos segundos. Volvió a llamar. Disimuladamente levantó la mano y la paseó  por el dintel de la puerta. Allí no había ninguna llave. Volvió a recorrer el dintel con la mano y, de repente con la mano levantada sobre el dintel, se abrió la puerta.

Continuara…

martes, 2 de abril de 2019

Poyales y el caso de la Rubia Platino


Ante él una mujer despampanante: una  cara preciosa, con unos dientes blancos perfectos; ojos grandes y rasgados; labios grandes  con carmín rojo pasión; con una mirada azulada tirando a marrón intensa y penetrante;  nariz pequeña y altiva. Su pelo ensortijado, rubio platino con matices color tierra azabache le daban un toque despreocupado y esotérico, descansaba sobre sus hombros. Vestía un pantalón negro ajustado y un suéter rojo que le marcaba unas curvas perfectas y armoniosas, muy armoniosas para una mujer de su misma altura. Llevaba una cazadora de piel negra colgada del brazo y cruzado sobre el pecho un bolso de color rojo pasión.

La mujer se dejó contemplar unos segundos mientras miraba un periódico un tanto arrugado y preguntó:

— ¿Es usted Roberto Poyales, detective privado?

—El mismo.

— Quiero que investigue…

Poyales se llevó el dedo a los labios en señal de silencio y dijo señalando la puerta:

— Pase usted, hablaremos mejor en el despacho.

La rubia platino dudó un poco. A sus treinta y cinco años, Poyales era un hombre de mediana estatura, uno setenta para ser exactos; no era excesivamente atractivo pero sí un tanto resultón: ojos oscuros, labios gruesos sobre todo el inferior, nariz recta y ancha, amplia frente con el pelo corto que peinaba con una raya en su izquierda. Estaba delgado, quizá en exceso: la dieta de estrecheces no daba para más. Vestía un pantalón vaquero aviejado por el tiempo y los sucesivos lavados que no por la moda, una camisa clara y una americana marrón oliva. Su sonrisa dejaba ver unos dientes casi perfectos y dejaba un hoyuelo en su barbilla que le daba un aspecto bonachón, y fue lo que incito a la recién llegada a entrar en el despacho, cuya puerta abierta estaba junto a la de entrada de la casa.

Una vez sentados uno frente al otro con una mesa de por medio en el austero despacho, Poyales invitó:

—Usted dirá.

—Quiero… —la mujer dudo, parecía que le costaba hablar— que vigile a mi marido. Creo que me engaña.

¡El dios que lo batano!,  pensó el detective, el hombre que engañe a una mujer como tú, es un imbécil  o un tonto incapaz de apreciar lo que tiene en casa. Él que llevaba más de tres años y medio sin yacer con mujer alguna, aunque desde que le dejó la suya sentía cierta aversión  hacia ellas, y en cierto modo comprendía que Carmen se cansara del hombre silente en que se convirtió, ,  naufragando en su bulevar de sueños perdidos del que necesitó ayuda de un especialista para bosquejar lo que podría ser un nuevo sueño, y le dejara sin mediar una palabra, ni buena ni mala. Jamás engañó a su mujer y le pareció que buscar fuera de casa teniendo una mujer como aquella dentro era de ser un imbécil integral.
                       Foto del Archivo de imágenes de la ACDT El Piélago
 

—No hay ningún problema —contestó el detective.

— ¿Cuánto me costará? —quiso saber la mujer.

—En principio mil euros, pagando un anticipo de al menos una cuarta parte. Si necesito más durante la investigación se lo iré pidiendo. Todo depende de los viajes que tenga que hacer y los medios que tenga que emplear para seguir a su marido. Al final le pasaré una factura que incluirá mis honorarios y todos los demás extras que surjan.

—No creo que  tenga que viajar mucho, creo que me engaña en mi propia casa.

— ¿Y usted? —pregunté arqueando una ceja sorprendió. Hay que ser rematadamente gilipollas para engañar a tu mujer en tu propia casa, a tenor de miradas indiscretas y tal vez envidiosas de vecinos y vecinas a menos que…

— ¿Con la criada?

—No tenemos criada, ni asistenta ni nada que se le parezca. Yo salgo por la mañana y no regreso hasta la tarde noche.

—Y él ¿no trabaja? —pregunté cada vez más sorprendido.

—Sí. Tiene un horario muy estricto al comienzo de la mañana, pero después a lo largo del día su trabajo le permite entrar y salir sin ningún problema y sin dar demasiadas explicaciones a nadie.

—Comprendo.

Después de unos segundos en silencio contemplándose mutuamente, la mujer preguntó:

— ¿Le llevará mucho tiempo?

—Si es como usted dice, un par de semanas

Sacó un papel y un lápiz de su bolso rojo pasión, a juego con sus labios,  y escribió sobre la mesa. Al terminar deslizo el papel hacia mí diciendo:

—Aquí tiene la dirección de mi casa y la del trabajo de mi marido. ¿Necesita algo más?

—Bueno —Observé, entrar en la vivienda de la cliente no me supondría ningún problema pero…—, si tengo que entrar en su casa no me vendría mal una llave y también una foto actual de su marido para conocerle.

La rubia platino sacó del bolso rojo pasión una cartera de piel negra de la que extrajo dos fotos una del marido y otra de los dos, a juzgar por la segunda, bastante actuales. También sacó un fajo de billetes de los que apartó quinientos euros  y los dejó sobre la mesa. Poyales acarició el dinero con la mirada aunque no hizo el menor ademán de cogerlos: ese día comería como Dios manda.

—Espero estar equivocada y que su investigación sea un fracaso —dijo la mujer poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la salida.

—Aun así  tendrá que pagarme el resto —remarcó el detective mientras la seguía hacia la puerta.

—Por eso no debe preocuparse, le pagaré con satisfacción —contestó con rapidez la mujer.

Poyales iba a abrir la puerta cuando ella habló de nuevo mirándole a los ojos. El detective vio unos ojos brillantes con una lágrima bailando en ellos:

—Le dejaré una llave en el dintel de la puerta.

—Tendrá noticias mías. Por cierto ¿Cómo debo dirigirme a usted?

—Eloísa, llámeme Eloísa —respondió la aludida tendiéndole la mano.

Poyales la estrechó la mano y la mujer salió. El detective la vio  alejarse siguiendo el contoneo cadencioso de sus caderas con la mirada.

Continuará...

martes, 26 de marzo de 2019

Poyales: Detective privado


 

El personaje.

Roberto Poyales era un inspector de policía en Toledo. Fue suspendido de empleo y sueldo durante cuatro años por una indiscreción. Por su capacidad de trabajo, su forma de realizarlo y por su  intuición para resolver los casos que le asignaban, ascendió a inspector del cuerpo siendo muy joven.

Para bien o para mal, visto lo ocurrido para mal aunque nunca se sabe, le tocó investigar  un caso que se hizo célebre  toda España al salir en todos los medios incluidos varios canales de televisión: el caso de la mujer en la bañera:

Una pareja joven compró una casa de segunda mano. La vivienda estaba muy deteriorada pero era muy céntrica y a un precio muy asequible. No tardaron mucho en iniciar la reforma de lo que sería su hogar. En el baño, muy espacioso,  había una bañera muy deteriorada de  1,30 metros de larga. Al quitar la bañera, los albañiles descubrieron el cuerpo de una mujer al que le habían cortado las piernas por las rodillas para que entrara en el habitáculo. Los operarios se sorprendieron, y se lo hicieron notar a los jóvenes dueños, de lo extraño que resultaba el que la bañera estuviera sobre un altillo de unos veinticinco centímetros.  Cuando vieron lo que había debajo comprendieron el porqué de la elevación.

La investigación recayó sobre el joven inspector Roberto Poyales que con muy buen tino descubrió que la casa en cuestión llevaba tres años deshabitada, ya que el último propietario, Francisco Oncibañez,  murió con muchos años y sus herederos tardaron dos  años largos en ponerse de acuerdo para repartir sus bienes. Este hombre vivió en la casa cinco años y medio y los herederos aseguran que el baño era tal y como estaba, que su progenitor nunca hizo obras en las casa.

Poyales siguió con sus pesquisas, rebuscando en el pasado de la vivienda y los que en ella habían habitado. Tirando del hilo hacia atrás, llegó a la inmobiliaria que  había tenido la vivienda durante cuatro años. Durante ese tiempo la casa fue alquilada a dos estudiantes cada año, hasta que el último inquilino, Francisco Oncibañez, la compró. Los seis estudiantes, hoy ya no estudian, aseguraron que la bañera estaba en un alto cuanto entraron a vivir. La inmobiliaria compró la vivienda a un chico joven que,  con el correr de los años, fundó un nuevo partido y ahora era un líder político con muchas posibilidades de llegar a presidente de gobierno.

Todo apuntaba hacia él ya que los padres compraron la casa a la constructora como regalo para su hijo. La empresa constructora desapareció hace años, por lo que por ahí no pudo  averiguar nada, pero todos los albañiles y empresas de construcción y reformas consultadas, opinaron  que poner la bañera de esa forma era un gasto innecesario, incomodo y desde luego nada practico. En una palabra, que la bañera se levantó para ocultar algo dentro.

El joven político era diputado y gozaba de inmunidad parlamentaria. Ya se sabe que los políticos, en particular  los que llegan a diputados y senadores, son de otra "casta": una "casta" con unos privilegios que el resto de mortales no tenemos. Ciertos jóvenes recién llegados a la política criticaban mucho a la “casta” como llamaban a los políticos, hasta que llegaron ellos a pertenecer a ella y dejaron de criticarla. El caso es que las pesquisas del inspector Roberto Poyales llegaron a oídos del político en cuestión.
                           Foto del archivo de imágenes de la ACDT El Piélago
 

Poyales, aunque contaba pocas cosas de su trabajo en casa a su esposa Carmen, ésta estaba muy orgullosa de que su marido llevara el caso de la mujer de la bañera, del que todos los periódicos, radios y canales de televisión hablaron mucho en su día, y ahora algún que otro volvían a hacerlo. Carmen con lo poco que sacaba a su marido o interpretando sus silencios a su conveniencia, les contaba a sus amigas en la peluquería los derroteros de la investigación.

El joven político apoyado en su inmunidad, sabiendo que si lograban inculparle por algo que, supuestamente, hizo antes de estar en política, su carrera terminaría de inmediato. No podía permitirlo ahora que en las próximas elecciones,  las encuestas le eran muy favorables y si los españoles querían, podría ser presidente de gobierno. Pidió  favores, movió hilos, removió, como suele decirse, Roma con Santiago, que unido a las envidias en la comisaría ante un hombre que había llegado a inspector antes de lo previsto, sin estar el tiempo necesario en las escalas inferiores, acabaron con la carrera Roberto Poyales.

El inspector fue juzgado por cómplice, dejadez de funciones al poner sobre aviso al principal sospechoso y que éste se pusiera a la defensiva tejiendo cortinas de humo espeso donde antes había una meridiana claridad. No fue a parar a la cárcel porque la juez comprobó, y así lo dijo en la sentencia, que todo había sido una indiscreción y no precisamente de él sino de su esposa. Él había pecado de ingenuo, algo que no se podía permitir un inspector de policía. Pero no pudo evitar que le suspendieran de empleo y sueldo durante cuatro años. Cuatro largos años.

Poyales se metió en su casa. Estuvo cinco meses sin pisar la calle. No culpó a su esposa con palabras pero sí con actos, miradas y silencios. A los dos meses Carmen no aguantó tantos silencios y tantas  miradas incriminatorias y le abandonó.  A partir de entonces solo recibió visitas de un amigo de la infancia. Un buen amigo que le insistía en que tenía que cambiar incluso visitando a un psicólogo que le guiara si no podía por sí solo. “Te han hundido…no te derrotes tú solo”, le recordaba su buen amigo.

Ahora, tres años y medio más tarde de todo aquello, Roberto Poyales estaba sin blanca. Todos sus ahorros se los fue comiendo entre sus necesidades básicas y el psicólogo. Dejó el gimnasio por cuestiones monetarias aunque, haciendo caso al experto en psicología, corría por el parque del barrio casi todos los días. Poco a poco fue vendiendo muebles y cosas “innecesarias”  en tiendas de segunda  mano  ó a través de Wallapop. Su casa, heredada de sus padres, se había ido quedando vacía: en el salón unas cajas de fruta hacían de mesa, sillas y también de estanterías donde tenía varios libros —siempre fue un lector empedernido—; la tele hacía tiempo que no estaba; su habitación vestía con una triste cama, otra caja de fruta por  mesilla y un armario que no pudo vender por ser empotrado. Lo único que quedaba un poco decente era la habitación, más cercana a la entrada, donde había puesto su despacho de detective privado. Haciendo caso a su psicólogo que le dijo, en repetidas ocasiones, que aprovechara todos sus conocimientos, sabiduría y experiencia como inspector de policía y se hiciera un buen detective.

Lo último que vendió, de esto hacia ya un mes, fue un reloj de una marca muy prestigiosa: Maurice Lacroix de oro heredado de su padre, que entregó con mucha pena  porque era lo único tangible que conservaba de su progenitor, y que en su día debió valer buenos cuartos. Lo conseguido le permitió poner un anuncio en dos periódicos locales durante un mes, subsistir durante ese tiempo y, además, comprar un reloj de tres euros que, aunque no lucía tanto en la muñeca, le daba la hora igual que el otro.

Lo único que le quedaba por vender era el móvil, pero no podía hacerlo porque en el anuncio puso el número como contacto y, además, quién iba a querer una antigualla como la que llevaba en el bolsillo. Había oído hablar de la moda Vintage, o el culto por lo antiguo aunque no excesivamente, y tal vez le dieran unos cuantos euros. Eso o volver a recurrir a su amigo de la infancia como había hecho en varias ocasiones.

En esas cavilaciones estaba cuando llamaron a la puerta. Sería media mañana de un día nublado y gris, tan gris como su vida desde hacia cuarenta y tres larguísimos meses. Abrió la puerta  y se quedo boquiabierto:

Continuara….

lunes, 18 de marzo de 2019

Esperanzas rotas (y IV)


Sentado esperaba mi cita en el café Marly. Sentado en una mesa situada junto a una ventana esperaba nervioso. Por fin iba a conocer todos los detalles de la invasión a mi propio país por el Valle de Arán. Estaba decidido a seguir ese plan por descabellado que fuera y en contra de mi propia Organización, a la que pertenecía desde los 12 años que empecé a trabajar. ¡Quería regresar a España! Ya me las arreglaría después para llegar a Madrid.

A Perales le conocía desde niño, habíamos crecido en el mismo barrio madrileño. Aunque  desde niños andábamos  en distintas cuadrillas, y después en distintos partidos e ideales, los dos luchamos  por un mismo fin: derrotar al fascismo.

Después de una tensa espera de quince minutos le vi aparecer al otro lado de la calle. Con decisión bajó de la acera para cruzar y llegar hasta el café.

─¡Perales el camión!

No me escuchó. Cuando miró al camión ya era demasiado tarde. El vehículo pasó sobre él sin darle la menor oportunidad.
 
                                                              Foto del Archivo de imágenes de la ACDT El Piélago

Salí corriendo del café. Llegué a su lado y me arrodillé. Como pude cogí su cabeza y la acune en mi regazo. Tenía muy mala pinta.

 ¡El Dios que lo batanó! Durante treinta y tres meses jugando con las balas del enemigo para ahora venir a morir en un accidente de circulación en un país que no es el tuyo.

─  Perales no te mueras. ¿Con quién tengo que hablar para lo del Valle?

Me miró con ojos vidriosos e intentó dibujar una sonrisa en su rostro. Conocía aquella mirada de unos ojos que miran sin ver. Había visto muchas en los últimos tres años.

─ Compañero ¿dónde debo ir? ¿A quién tengo que ver?

Perales intento hablar. Abrió la boca intentado decir algo. Dio un suspiro con el que escapó un poco de sangre  y también su vida.

Unos hombres vestidos de blanco me levantaron del suelo. A Perales le subieron a una camilla y ésta a una ambulancia que en unos segundos salió a toda prisa.

 ─ ¡Quiero volver a España Perales! ¿Con quién tengo contactar?

─ Con quién Perales con quien ─ murmuraba mientras veía alejarse la ambulancia, y el destino, me alejaba un poco más de mi tierra y de los míos.
 
Fin.

martes, 5 de marzo de 2019

Esperanzas rotas (V)


 
 
Hacía más de dos semanas de mi encuentro con el compañero Perales. Los días cada vez eran más largos con tantas horas vacías que no sabía de qué forma llenar. No olvidaba tampoco, aunque no me gustaba, la misión encomendada por mi organización. Había conseguido hablar con dos periodistas, a los que ya una vez en el frente concedí una entrevista, de dos diarios importantes de Paris, y ambos me llamarían en unos días para una larga entrevista. Les interesaba saber cómo un hombre, albañil de profesión, había llegado a mandar, y con bastante acierto e incluso más que muchos militares profesionales, todo un cuerpo de ejército. No desaprovecharía la ocasión para denunciar las muertes y atrocidades que el régimen militar estaba llevando a cabo en España.  Mientras esperaba pasaba todo el tiempo fuera, caminado por las calles de Paris. En la pensión estaba el tiempo justo de las comidas. Cuanto menos tiempo estuviera al lado de madame Rochill  sería mejor para ambos, aunque ella no se daba cuenta, o tal vez sí, y todo su afán era agasajarme. Aquella tarde llegué unos minutos antes de la cena. La patrona salió a recibirme con un escote más generoso que de costumbre.
 
                               
                                              Foto del archivo de imágenes dela ACDT Él Piélago

─ Han dejado un mensaje para usted, monsieur  Cabezuela.

La interrogué con la mirada. ¿Dónde está, quién...?

─ Hay una nota al lado del teléfono ─ contestó la mujer a mi interrogante mirada, al tiempo que  caminaba delante de mi hacia el pasillo donde estaba situado el auricular. Pude observar con todo detalle el contoneo rítmico y provocador, quizá hoy más provocador que otros días, de sus caderas. Al cruzar el comedor comprobé  que el resto de compañeros de pensión, ya estaban sentados a la mesa esperando la cena. Aquella noche celebrábamos algo extraordinario aunque no sabía que: sobre la mesa había dos botellas de vino. ¡El Dios que lo batanó, iba  a beber vino por primera vez desde mi llegada a Francia!

Sultán se apartaba a mi paso. Yo era el único en cuyas piernas no se restregaba el animal. No le debió gustar el comentario que hice cuando le vi por primera vez. La verdad es que estofado, en el frente de Guadalajara, nos hubiera alegrado el día. ¡Estaba gordo el jodido gato!

Madame Rochill  me entregó una nota escrita con letras gruesas que decía:

 ”Café Marly, plaza Colette, jueves 11,30, Monsieur Pera”

Guardé la nota en el bolsillo de pantalón mientras la patrona me señalaba el comedor donde esperaba el resto de comensales. Me volví para retroceder hacia el comedor cuando sentí una palmada en el culo.

Me quedé petrificado. ¡El Dios que lo batanó! Era la primera vez en mis cuarenta y cinco  años que una mujer me daba una palmada en el trasero.

Intenté volverme hacia la mujer pero ésta, con suavidad y con decisión, con su mano apoyada en mi espalda, me empujaba hacia el comedor mientras con la otra mano volvió a darme otra palmada en el culo.
Continuará...